No
es un pirulí gigante,
ni
es un bastón ni es un falo,
no
es pértiga ni es batuta,
no
es un poste telegráfico
ni
es la parodia anoréxica
de
la columna a Trajano.
que
nuestro alcalde ha instalado
en
la plaza de Castilla,
tan
moderno y tan dorado,
no
puede ser otra cosa
que
un homenaje al taladro,
acción
harto fastidiosa
a
la que es aficionado.
El
obelisco es la imagen
de
ese capricho macabro
que
Gallardón ha cogido
por
agujerear el asfalto,
una
manía pertinaz
que
no cesa, como el rayo
ya
sea en el crudo invierno
o
en la calor del verano
igual
da que sea lunes
que
jueves, viernes o sábado.
A
este gusto por los hoyos
le
faltaba un signo, un algo.
Así
se avisó a Calatrava
–no
sé si al feo o al guapo–
que
aún no tenía en Madrid
ningún
proyecto firmado
y
que al principio pensó
un
diseño más sarcástico
colocando
en la glorieta
un
gran martillo neumático,
mas
resultaba algo tosco
para
este arquitecto áulico
y de ahí que se inclinara
y de ahí que se inclinara
por
el citado taladro,
con
el que así conmemora
el
actual gallardonato.
Caja
Madrid, que no presta
más
que a un interés muy alto,
a
financiar el invento
por
esta vez se ha prestado,
y
yo creo que Black & Decker
también
contribuyó con algo
que,
al final, es su producto
el
que están publicitando.
Que
no es palmera sin palmas,
ni
es cucaña ni es un cayado:
es
la versión urban chic
de
un berbiquí mecánico.